
Alojamientos Alpujarra
Dos casas rurales de lujo, un pueblo de la Contraviesa y una forma de poesía cantada que casi nadie conoce.
Estas casas tenían algo que no se puede comprar ni copiar: un sitio, una historia y unos versos pintados en la pared. Lo único que les faltaba era una web que no las tratara como si fueran dos apartamentos cualesquiera.

En la Alpujarra granadina existe una tradición que se llama el trovo: dos personas se plantan una frente a otra e improvisan, cantando, en quintillas. Se responden en verso. Gana quien tiene más ingenio, no quien grita más fuerte. Es una forma de poesía viva que sobrevive en apenas un puñado de pueblos de la Contraviesa.
En uno de esos pueblos, Murtas, hay una casa de 550 metros cuadrados con trece habitaciones. Cada una lleva el nombre de un trovador, y cada una tiene su quintilla pintada en la pared. En la de la chimenea puede leerse una que empieza «Esta chimenea da vida…». No es decoración de catálogo: está escrita ahí, de verdad.
A cuarenta minutos, en Albondón, hay una antigua cuadra de mulos convertida en una casa de piedra y vigas para cinco personas.
Las dos se alquilan enteras y en privado. Y las dos se presentaban al mundo con la misma plantilla de WordPress que usan otras diez mil casas rurales en España.

Una web no puede oler a plantilla si la casa no lo hace
El encargo técnico era migrar de WordPress a algo rápido y moderno. El encargo real era otro: que la web se pareciera a las casas.
Así que la dirección de arte salió del propio sitio en lugar de una paleta de moda. Los colores son los que hay allí: la cal de las paredes, la almagra de la tierra, el oro del aguardiente que se destila en el pueblo, el verde del olivo y el gris de la sierra. La tipografía es una serif de alto contraste con itálica de verdad —para los versos— acompañada de una grotesca limpia para todo lo demás. Y el hilo conductor de toda la web es el trovo: «Donde el verso se hace hogar».
Por debajo, la casa se levantó de nuevo entera en Next.js. Las fotos se sirven en formatos modernos y al tamaño exacto que pide cada pantalla, las tipografías van alojadas en el propio servidor —nada de pedirle permiso a un tercero para que tu web se vea— y cada página llega ya montada al visitante en lugar de ensamblarse en su móvil.
Un detalle que parece pequeño y no lo es: la web está preparada para que reserves directamente. Cada reserva que entra por un portal se lleva una comisión que sale del bolsillo del propietario, y esa comisión no compra nada que la casa no tenga ya. Aquí el objetivo era que quien busca «casa rural de lujo en la Alpujarra» encuentre la casa, no un intermediario que se la enseñe.


Que Google entienda que esto no es un apartamento más
Un buscador no ve piedra ni vigas: ve etiquetas. Si no le explicas qué es lo que está mirando, decide él, y suele decidir mal.
Por eso cada casa lleva su ficha estructurada: qué tipo de alojamiento es, dónde está exactamente —con sus coordenadas—, qué servicios tiene, qué preguntas frecuentes responde y qué valoración acumula. Cinco bloques de datos que le dicen a Google, y a las IA que hoy también recomiendan, que esto no son dos apartamentos genéricos sino una casa museo del trovo y una cuadra del siglo pasado rehabilitada.
La valoración, por cierto, es de las que no admiten discusión: 5,0 sobre 5, con trece reseñas. Cuando un negocio tiene un producto así de redondo, el trabajo digital no consiste en maquillarlo. Consiste en no estorbar y en asegurarse de que quien lo busca, lo encuentra.
Porque el trabajo aquí nunca fue inventarle una historia a un sitio que ya la tenía. Fue quitar de en medio todo lo que impedía verla. Las casas ya eran extraordinarias antes de que llegáramos; ahora, además, se encuentran.
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